EL ARTISTA TOTAL: EL ALTRUISMO EN JUAN JOSÉ ARREOLA

En la actualidad en la que nos movemos, y más concretamente en el contexto de un capitalismo feroz nacido ya en el siglo XIX y exacerbado a partir del XX, se mira con cierto recelo el ofrecer armas a alguien que le permitan competir de igual a igual con nosotros. Si analizamos el campo semántico (bien podría ser del ámbito bélico) de mis primeras frases encontraremos: feroz, armas, recelo y competir. En realidad es un discurso que nada tiene de extraño en nuestro día a día, vemos cómo se compite en el trabajo, en la escuela o en las relaciones humanas incluso. Si profundizamos más allá de la léxico-semántica y nos adentramos en el mundo de los tropos, veremos cómo estamos relacionando metafóricamente la competitividad con una guerra: se lucha, se vence, se pactan treguas, hay honor, traición… (1) Es parte inherente de nuestra contemporaneidad. No obstante, eso no excluye que se pueda ser crítico con esta deshumanización (¿o humanización?) del ser social. «Es libre el hombre que, dejando de lado todas las causas, toma su decisión del fondo mismo de su ser, se despoja de todos sus bienes y de sus ropas para presentarse desnudo ante el Rostro». (2) Esta reflexión de la antropología ética bien podría relacionarse con la siguiente interrogación de Jean Clair: «¿Puede uno presentarse ante el Rostro?». (3) Luego sigue con una serie de reflexiones que relaciona con lo mítico y lo religioso y que desembocan en los hombres y mujeres sin Rostro que sufrieron las calamidades de la primera mitad del siglo XX, «porque allí, cualquier otro había sido abolido». (4) Juan José Arreola, por esos años, sintió la llamada de la responsabilidad; ningún artista queda exento de sus actos, y no estoy hablando de ficción, sino de realidad. Hablo de su compromiso con el Tú al que se refiere Buber; hablo del altruismo generativo cuyo objetivo es el éxito ajeno. Juan José Arreola comentaba: «había dejado de escribir porque la vida me arrolló; sencillamente mi cabeza se llenó de libros, de ajedrez y de mujeres». (5) Y esto lo decía su parte de actor, porque otras razones más profundas ha aducido en varias ocasiones. Juan José Arreola, en parte, dejó de escribir por amar demasiado. Y no me refiero a un amor enquistado en el egoísmo, sino un amor de ida; el amor siempre es de ida, es algo que se da, y amar, se ama tal y como el otro desea y no como uno quiere,

si uno solo ofrece lo que ansía dar, significa que el otro (el Tú de Buber) queda anulado bajo los efectos de un amor hacia uno mismo y sus cálculos.Este amor perimétrico es un amor hasta aquí, con barreras, cuyos límites son impuestos por la cantidad de lo que sea que uno esté dispuesto a ofrecer, y si me permiten, cuando el amor se cuantifica se convierte en objeto, se cosifica y pasa a ser un elemento capitalizado por el ego y no por el Tú. 

Cuando Juan José Arreola es entrevistado en la Universidad de Granada comenta: «la única cultura que me importa es la apropiación legítima, legitimada por la afinidad […] no hay pasatiempo más bello en este mundo que la colección de sentimientos y experiencias ajenas» para luego añadir que él ha amado y siente haber sido amado intensamente. Arreola creía en el lenguaje por encima de todo, en el acto dialógico, es así como un ser desarrolla su parte humana y descubre al otro y hace un hueco a su humanidad entre palabra y palabra. Hacer de lo ajeno uno, de lo universal algo concreto, del espacio infinito y primigenio una pequeña bola de nieve con un lugar familiar y definido, todo ello sin excluir lo externo: un mundo invaginado, una botella de Klein. Es así como se inicia el amor como sustancia íntima de uno mismo y no como parte de un trueque. Arreola mostró este amor no solo por la cultura, sino por el otro, editando a futuros escritores y escritoras de renombre como en los Presentes (6), donde publicó a José Emilio Pacheco o Elena Poniatowska, o sus talleres literarios, donde ayudó a jóvenes como Elsa Cross, René Avilés Fabila o José Agustín, entre muchos otros. Hay gente que criticó a Arreola por confundirlo con alguna de sus experiencias representadas. Quien buscara en Arreola la presuposición, el orden y la intransigencia quedaría seguro decepcionado, porque él se dio a los demás sin condiciones, se convirtió en el artista total, sin temor a compartir sus secretos, y a pesar de sus miedos, que solo eran suyos, supo emanar hacia fuera toda su bondad cuyo principio generador era, tan solo, empatizar con el Rostro: solo así, siendo muchos en uno, se llega a obtener la esencia de la simiente, contingencia vital y del porvenir.  

(1) George Lakkof y Mark Jhonson, Metáforas de la vida cotidiana, (Madrid: Editorial Cátedra, 1995). 

(2) Martin Buber, Yo y Tú, (Buenos aires: Ediciones Nueva Visión, 1969), 53. 

(3) Jean Clair, La responsabilidad el artista, (Madrid: Editorial Machado, 2017), 122. 

(4) Ibíd. 

(5) Orso Arreola, El último juglar. Memorias de Juan JoséArreola, (México: Editorial Jus, 2009). 

(6) Arreola, en 1950, inició en la Ciudad de México su labor como editor junto a algunos de sus amigos que fueron coeditores de la serie de ediciones de Los Presentes.

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